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No. 166 A 64 AÑOS DE “EL PORTEÑAZO”


Hoy se cumplen 64 años de aquella sublevación llevada a cabo en Puerto Cabello, estado Carabobo, que la historia conoció como “El Porteñazo”.


Quizás a muchos de ustedes, mis lectores, al ver el nombre de esa ciudad la mente les vuele imaginariamente a la infancia en los años sesenta, evocando aquella bella canción que popularizara el "Bolerista de América", Felipe Pirela, acompañado por la orquesta Billo's Caracas Boys: "Mi Puerto Cabello". Este emblemático vals y bolero, compuesto por el ingeniero y músico venezolano Italo Pizzolante Balbi, fue un merecido tributo romántico y nostálgico a su ciudad natal, famosa por las descripciones poéticas del mar Caribe y sus paisajes.


Puerto Cabello se encuentra ubicado a 121 km al oeste de Caracas. Es una ciudad con historia propia que, aunque no tiene fecha fija de fundación, fue elevada al rango de ciudad el 5 de agosto de 1811. Como dicen los poetas, su nombre rinde homenaje a la mítica quietud de sus aguas, tan calmas que, según la leyenda, los barcos podían amarrarse con un solo cabello. Por ello la han denominado la "Ciudad Cordial de Venezuela", siendo también conocida históricamente como el "Principal Puerto Marítimo" del país.


Su casco histórico conserva una rica herencia cultural impecable. Recorrer sus angostas calles empedradas —especialmente la emblemática calle Los Lanceros— es como viajar al pasado, rodeado de coloridas casonas coloniales y fortificaciones defensivas como el Fortín Solano y el imponente Castillo San Felipe.


Este puerto natural fue testigo en la época colonial del arribo de piratas, corsarios y contrabandistas; en el siglo XVIII, de la llegada de la Real Compañía Guipuzcoana; y en 1812, de la caída de la Primera República. Más tarde, el 8 de noviembre de 1823, el General José Antonio Páez lideró la "Toma de Puerto Cabello", logrando la rendición española en el Castillo San Felipe y sellando definitivamente la independencia de la nación. En fin, Puerto Cabello es una joya histórica del estado Carabobo.


A principios de los años 60, el Comando de la Escuadra de la Armada venezolana y sus unidades fueron trasladados a Puerto Cabello, estableciendo su Puesto de Mando en la parte alta de la Base Naval No. 1 (fundada el 1 de julio de 1946). También se asentaba en la ciudad el Destacamento No. 55 de la Guardia Nacional.


Antes de entrar de lleno en el tema, quiero hacer referencia a lo que varios escritores han reseñado sobre “El Burro Negro”. Así le decían a una pieza de artillería emplazada en el Fortín Solano: un cañón “Parrott de 100 libras” de color negro, colocado en el año 1875 para rechazar cualquier intento de bloqueo por potencias extranjeras. A mediados de 1904 o 1905, fue reemplazado por dos cañones Schneider Canet de 150 mm de color gris.


Se cuenta que el Capitán de Navío Jesús Carbonell Izquierdo, Comandante de la Escuadra, tras los sucesos del “Carupanazo” (4 de mayo de 1962), había comisionado en secreto al Teniente de Navío Justo Pastor Fernández Márquez (de Armamento) para inutilizar dichas piezas de artillería pesada, evitando así que cayeran en manos de personal no autorizado.


A la ciudad de Puerto Cabello habían llegado subrepticiamente los días anteriores a la asonada varios oficiales. Entre ellos, el Capitán de Navío Manuel Ponte Rodríguez —destituido de su cargo en Caracas como Jefe de la II Sección del Estado Mayor Naval por haberse pronunciado a favor del líder del alzamiento de Carúpano, el Capitán Molina Villegas— y el Capitán de Corbeta Víctor Hugo Morales, a quien le habían quitado el mando del Batallón de Infantería de Marina N° 1 “Simón Bolívar” (en Maiquetía) a raíz de los acontecimientos del “Guairazo” en enero de 1962.


La tensión estalló con un diálogo que la historia conserva:

— ¡Comandante, tengo órdenes de hacerlo preso! —habló el Teniente de Fragata Pastor Pausides Morales González, quien con algunos infantes armados con metralletas había penetrado en el dormitorio del Capitán Carbonell, que aún dormía en calzoncillos.

—No diga pendejadas, Teniente. Aquí quien da las órdenes soy yo. ¡El que está preso es usted! ¡Desármenlo!

— ¡No se mueva, Comandante! Ha comenzado un movimiento nacionalista. La base está tomada y yo cumplo órdenes superiores.

— ¿Órdenes de quién?

—Órdenes superiores, Comandante…

(Diálogo recogido en "El Porteñazo: Rebelión cívico-militar" de María Auxiliadora Bolívar Sánchez, Fundación Editorial El perro y la rana, 2018).


La madrugada del sábado 2 de junio, los oficiales complotados ingresaron a la Base Naval en complicidad con el personal profesional de la unidad, activando el comando rebelde bajo el mando de Ponte Rodríguez. A Morales se le encargó dirigir las operaciones terrestres y al Capitán de Fragata Pedro Medina Silva, segundo comandante de la Base Naval, las operaciones navales.


De inmediato, Medina Silva tomó el control y apresó a los comandantes de las unidades clave: el Batallón de Infantería de Marina N° 2 “Rafael Urdaneta” (C/F. Porfirio Delgado Colmenares), la Base Naval (C/N. Guillermo Ginnar Troconis), la Escuadra Naval (C/N. Jesús Carbonell Izquierdo) y la I División de Destructores (C/N. Oswaldo Moreno Piña).


Se constituyó una fuerza insurreccional de unos 1.100 efectivos. El movimiento en la base fue rápido, pero reinaba la confusión; los alzados hacían correr la voz de que se trataba de un "movimiento nacionalista de recuperación democrática que se había iniciado en Caracas y contaba con apoyo nacional". La Base fue ocupada por completo, incluyendo el Castillo Libertador, donde permanecían presos unos 100 guerrilleros (llamados "Cimarrones") y algunos suboficiales del alzamiento de Carúpano. Estos fueron liberados y armados por los Oficiales facciosos.


A tempranas horas de la mañana, los alzados tomaron las oficinas locales de la Dirección General de Policía (DIGEPOL), la Policía Municipal, la Prefectura y ocuparon la emisora “Radio Puerto Cabello”, desde donde leyeron el manifiesto del “Movimiento de Recuperación Nacional”.


El gobierno del Presidente Constitucional Rómulo Betancourt reaccionó con rapidez. Esa misma tarde se movilizaron unos 2.500 efectivos al mando del Coronel (Ej.) Alfredo Raúl Monch Siegert, Comandante de la IV División del Ejército con sede en Valencia, con instrucciones de sofocar la insurrección en el menor tiempo posible.


Fue una Acción Conjunta de gran envergadura: el Batallón de Infantería No. 41 “Carabobo” (reforzado por Compañías de los Batallones “Piar 31” y “Girardot 32”), el Batallón de Paracaidistas “Aragua”, una compañía de tanques AMX-13 del Batallón Blindado “Bravos de Apure”, una batería del Grupo de Artillería “Salóm” y varios pelotones de la Policía Militar. Estuvieron apoyados por el Destacamento 55 de la Guardia Nacional (reforzado por el Destacamento 57 y el Destacamento Móvil). Estas unidades de tierra contaron con el Apoyo Aéreo Cercano de una escuadrilla de bombarderos Canberra, Vampiros y Sabre Jet F-86 de las Fuerzas Aéreas.


Las fuerzas leales al gobierno actuaron de manera enérgica y, en menos de 48 horas, recuperaron el control de la ciudad.


Mucho se puede hablar sobre aquellas 72 horas de ofensiva y feroz resistencia. Puerto Cabello se tiñó de sangre, pólvora, angustia y terror; la contienda dejó un saldo trágico de unas 800 bajas de combate entre muertos y heridos. El 4 de junio, el Estado Mayor Conjunto informó que las bajas gubernamentales sumaban 62 efectivos (11 muertos y 51 heridos).


Más allá de las cifras, la historia atesora dos hechos memorables de este episodio:

La astucia militar: La valerosa acción del Teniente de Fragata Justo Pastor Fernández Márquez, quien disfrazado de sacerdote y acompañado por dos marineros logró liberar a los Capitanes Carbonell Izquierdo, Ginnar Troconis y Delgado Colmenares, detenidos al comienzo de la insurrección, para posteriormente lograr el apresamiento de los tres líderes de la conspiración.


El valor humanitario: La decidida intervención del sacerdote Luis María Padilla, párroco de Borburata y capellán de la Base Naval No. 1, quien arriesgó su vida bajo el fuego cruzado para auxiliar y dar la extremaunción a un soldado leal gravemente herido en el sector conocido como “La Alcantarilla”.

Ese instante de dolor y piedad en el sector de La Alcantarilla no quedó en el olvido. El fotógrafo venezolano Héctor Rondón Lovera, de las filas del diario La República, capturó la escena con su lente. Su fotografía, titulada "El dolor de la guerra" (conocida mundialmente como Aid from the Padre), capturó al Padre Padilla sosteniendo al soldado moribundo. Esta desgarradora imagen dio la vuelta al mundo y obtuvo en 1963 el prestigioso Premio Pulitzer de Fotografía y el World Press Photo del Año, siendo la única vez que un venezolano ha alcanzado tal galardón.


A más de seis décadas de distancia, recordar "El Porteñazo" no es solo repasar las crónicas de una fallida estrategia militar o el choque de facciones políticas; es recordar el sacrificio de una ciudad que pagó con sangre los dolores de parto de nuestra democracia, y honrar la memoria de aquellos que, en medio de las balas, eligieron la compasión y el deber.


"El Porteñazo" permanece en el alma de Puerto Cabello como una cicatriz profunda del siglo XX. Hoy, al evocar los 64 años de aquellos fatídicos días de junio, los ecos de las ráfagas de ametralladora se apagan para dar paso, una vez más, a la quietud poética de sus aguas y a las notas eternas de Italo Pizzolante. Que la historia nos sirva para entender que la paz y la concordia son, al fin y al cabo, el puerto más seguro para nuestra nación.


Puerto Ordaz, 2 de junio de 2026


MILTON R. ABREU A.

Coronel Ejército Siglo XX

 
 
 

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