No.169 A 53 AÑOS DEL SECUESTRO DE UN AVION DE COMBATE DE NUESTRA FUERZA AEREA
- milbreuster
- 26 jun
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El cielo sobre el oriente venezolano lucía inusualmente tranquilo aquel 26 de junio de 1973. Sin embargo, en la cabina del bombardero Canberra B(I). Mk.52 Siglas FAV-1529, la atmósfera no era de entrenamiento, sino de una gran tensión. Nadie en la formación de vuelo del Grupo Aéreo de Bombardeo Nro. 13, imaginaba que, mientras surcaban las nubes, una decisión unilateral estaba a punto de romper no solo el silencio de radio, sino también las reglas inquebrantables de la Aviación Militar. Hoy, al cumplirse 53 años de aquel episodio que mantuvo en vilo a dos naciones, desenterramos la historia del vuelo que cambió para siempre el destino de sus tripulantes y que obligó a un presidente a recibir la llamada más desconcertante de su mandato.
A continuación transcribo el artículo titulado: SECUESTRO DE UN AVION CANBERRA DE LAS FAV, “Aquí esta uno de tus pajaritos”. Deserción aérea en la FAV; del investigador, escritor y publicista Fabián Capecchi van Schermbeek, de fecha: 11 de septiembre de 2025, en el cual hace un recuento de este inusitado hecho.
“Esta historia se desarrolla en 1973, y no está escrita en ningún libro, aunque es posible que los detalles al completo estén en algún documento secreto, sepultado en alguna caja en el archivo Nacional. Apenas quedan rastros en la memoria de los que la vivieron o quienes tuvieron la suerte de escucharla de viva voz en aquel momento. La prensa lo trató sin detalles y como un hecho aislado.
Todos alguna vez hemos leído, a lo largo de la historia de la aviación cómo pilotos tanto militares como civiles, han escapado de sus países, generalmente regímenes comunistas, secuestrando aviones o desertando en vuelo hacia países vecinos. La deserción es una acusación militar de graves consecuencias. Pero, a pesar de ser una rareza en países democráticos, también existe.
El 26 de junio de 1973, suena el teléfono en Miraflores. El Presidente Rafael Caldera, asombrado escucha la voz de Fidel Castro que le dice desde el otro lado del teléfono:
– “Aquí está uno de tus pajaritos…”
Horas antes habían despegado de la base aérea Teniente Luis del Valle García (Bavalle) en Barcelona, en el oriente del país un vuelo de entrenamiento con cuatro bombarderos BAC Canberra del Grupo Aéreo de Bombardero No.13 de la Fuerza Aérea Venezolana (FAV).
Al mando de los aviones iba el mayor Omar ‘Perico’ Quintero; seguido del mayor Ramírez Brito, un tercer Canberra cuya tripulación se desconoce y en el cuarto avión, cerrando la formación en la posición de Cierra Rombo, el capitán Arístides González Salazar, quien lo acompañaba como navegante, el sargento técnico 2da. Carlos Rosendo Madera Echarre.

El vuelo transcurría sin novedad, cuando de repente el avión FAV-1529 tripulado por el capitán Arístides González comenzó a quedarse rezagado, abandonando el grupo y poco a poco comienza a descender. Por la posición de Cierra Rombo de Arístides González, el comandante Quintero tardó un momento en darse cuenta de su ausencia y cuando cayó en cuenta, llamó inmediatamente por radio al Canberra rezagado.
—Cierra Rombo, qué le ocurre, cambio.
Pero no contestaba. Silencio de radio. El avión seguía perdiendo altitud.
—Cierra Rombo, conteste, repórtese a la formación.
— ¿Se encuentra en problemas?
Pasaban los minutos. Ninguna respuesta.
Temiendo lo peor. Los otros pilotos le dijeron a los tripulantes del avión que se eyectaran, pero nadie contestaba a ninguna de las llamadas. Reinaba un escalofriante silencio de radio.
Lo raro era que por más que intentaron comunicarse con el FAV-1529 por radio, el capitán González, ni su navegante contestaron a ninguno de los mensajes. Algo extraño estaba pasando. Si hubiese ocurrido una falla, la hubiesen reportado, o una situación de emergencia. No pidieron auxilio. Simplemente quedaron en silencio.

A bordo del bombardero Canberra B(I). Mk.52 FAV-129 (I) se desarrollaba un drama. Cuando el avión comenzó a descender en vez de dirigirse de regreso a Barcelona, giró hacia la derecha, es decir alejándose de la costa e internándose en el azul intenso del Mar Caribe. El navegante, sargento Carlos Madera, a quien apodaban ‘El Negro Madera’ intrigado preguntó a su capitán qué ocurría. Y la respuesta lo dejó helado. El capitán González le apuntaba con un arma y le dijo:
—Lo siento “Negro”, pero nos vamos pa’ Cuba!…
El sargento comenzó a protestar la decisión del piloto.
—¿Qué?… no, ¿cómo que a Cuba?…¿estás loco?.
Y el capitán en tono calmado, pero fríamente, le contestó.
—Calcula la ruta más corta.
Madera se negaba, intentó disuadirlo, pero el piloto estaba decidido a desertar, y quitándole el seguro a la pistola le dijo:
—Igual vas a venir conmigo. Prefiero que sea vivo, que muerto.
El navegante entendió el mensaje. Estaba siendo secuestrado. No podía hacer nada más que seguir las órdenes o se matarían los dos irremediablemente. De modo que, aunque estando lejos de la isla, calculó la ruta más directa, llegando prácticamente de milagro, casi con los vapores del combustible hasta Camagüey donde aterrizaron en una base militar cubana.
El capitán González Salazar bajó del avión con las manos en alto, rindiéndose a los soldados que corrieron hacia el bombardero venezolano, y gritando que solicitaba asilo político. En cambio, el sargento Madera se quedó dentro. Se negaba a bajarse del avión a pesar del sofocante calor que hacía dentro de la aeronave.
Ambos fueron arrestados e interrogados. A diferencia de González Salazar, el sargento Madera pidió regresar a Venezuela.
La situación era sumamente extraña. Cuál podría ser la razón para que alguien en su sano juicio prefiriera cometer tal exabrupto y robar un avión militar llevándolo a un país donde había una feroz dictadura. En Venezuela existía un gobierno reconocidamente democrático y parecía una locura abandonar el país, sumido en aquel entonces en una bonanza petrolera, para irse a una prisión flotante como era y sigue siendo Cuba.
Tiempo después se supo que el motivo para haber secuestrado el avión fue un asunto personal. El Capitán Arístides González Salazar durante un vuelo anterior, desobedeció las órdenes y comenzó a hacer maniobras peligrosas con uno de los Canberra. La estructura de la aeronave sufrió serios daños al rompérsela la viga central. En aquella ocasión, el piloto tuvo la suerte de regresar a salvo a la base, pero lo esperaba un arresto y una sanción disciplinaria que con toda seguridad retrasaría su ascenso por lo menos en un año.
El incidente del Canberra se manejó con absoluta discreción entre ambas naciones. Ante la embarazosa situación tanto para la Fuerza Aérea Venezolana como para el propio gobierno, se ordenó silencio absoluto con respecto lo ocurrido. No se le informó nada a la prensa, y el asunto terminó por ser sepultado entre el papeleo de rutina.
Un avión Lockheed C-130 Hércules fue enviado a Cuba para revisar y ponerlo a punto el Canberra FAV-1529 para regresarlo al país los primeros días de julio. Este avión, tras su regreso a Venezuela fue apodado por todos como ‘El Cubano’.
El capitán Arístides González Salazar permaneció en Cuba dos años, dedicándose a dar clases de inglés. Cuando ya harto, pidió regresar a Venezuela donde fue arrestado al llegar y pagó tres años de cárcel en el Cuartel San Carlos antes de ser dado de baja de la FAV. Continuó volando en la aviación civil como piloto privado y luego de fumigación, hasta que se mató en un accidente aéreo volando un Cessna 182.”
En cuanto al Sargento Madera Echarre, a pesar de haber sido llevado contra su voluntad a Cuba, sufrió también las consecuencias y se retrasó en su carrera. Siguió volando en la FAV.”
Aquel Canberra, rebautizado irónicamente por sus compañeros como 'El Cubano', terminó regresando a casa, pero las vidas de quienes lo tripularon quedaron fragmentadas para siempre. El tiempo, ese filtro implacable de la memoria, ha ido borrando los nombres de los expedientes oficiales, pero el eco de aquella jornada sigue resonando en los pasillos de la Fuerza Aérea. Al final, más allá de la política y el asilo, la historia nos deja una lección sobre la fragilidad del deber y el peso de las decisiones personales: mientras el Capitán encontró en el exilio y en su trágico final un destino sellado por la temeridad, el Sargento Madera, víctima de un secuestro en las alturas, vivió para contar cómo un simple vuelo de entrenamiento se convirtió, en cuestión de minutos, en la pesadilla, tanto en lo personal como en su profesión militar.

Puerto Ordaz, 26 de junio de 2026
MILTON R. ABREU A.
Coronel Ejército Siglo XX




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